La Lección

March 26th, 2010

Hace un par de semanas, asistí a una sesión de orientación para voluntarios de la Fundación Educativa de San Francisco. Soy voluntaria para dar discursos en las escuelas de San Francisco durante los Días de Carrera. La sesión fue un miércoles por la noche y después de un día largo de trabajo, batallaba para mantener mis ojos abiertos. Una diapositiva dentro de una presentación borrosa, sin embargo, sí logro capturar mi atención. El presentador notó que el regresar a la escuela podía provocar memorias de nuestras experiencias escolares y luego nos pidió que las compartiéramos, ya fueran buenas o malas.

Esta mañana di mi primer discurso de Día de Carrera a los estudiantes de la preparatoria International Studies Academy en Potrero Hill. Estaba tan nerviosa que mis piernas comenzaron a temblar. ¿Qué podría decir yo que les interesaría? ¿A caso tendría algún efecto?

Los estudiantes estaban inquietos, revisaban sus celulares, se peinaban el pelo, se pegaban y gritaban mientras hablaba. Hera como si estuviera explicándoles arquitectura a una manada de animales salvajes. Su energía cinética era palpable e impredecible aunque fingían indiferencia. Empecé con una introducción acerca de quién era y mi compañía. Cuando llegue al punto donde compartía mi historia personal, de repente se callaron; uno hubiera podido oír un alfiler caer al suelo. Fue un cambio tan grande que tuve que pausar y tartamudee un poco. Cuando regrese a hablar acerca de mi negocio, ellos regresaron a entretenerse con sus compañeros; les daba igual. Ellos eran una prueba de tornasol viviente para averiguar lo que importa.

Tengo que admitir que después de la experiencia estaba alterada. Se me había olvidado como es tener esa edad en la preparatoria, cuando comienzas a crear tu historia. Mientras subía una de esas bellas lomas de Potrero Hills hacia mi coche, me di cuenta del grado al cual mis memorias de la escuela han estado escribiendo mi historia.

Mi primer recuerdo de la escuela es de haber ganado el concurso de deletreo en el segundo grado. El ganador recibiría un Popeye de papel maché y yo lo quería. Lo que no me esperaba eran los elogios que vendrían. Mi triunfo fue tan aplaudido que me tomaron una foto con el Popeye en el patio.

Popeye1

Algo ha de haber encajado dentro de mi cerebro en ese momento porque desde ese entonces lo único que me importaba era destacarme en la escuela. Si revisan mis cartillas de calificaciones del primer grado, verán que era una niña felizmente desordenada a quien le gustaba entretener a la gente con su escritura. Literalmente, mi maestra del primer grado escribió “A todos nos encantan los esfuerzos de Alicia para la escritura” en la parte trasera de una cartilla llena de I’s (I por Insatisfactorio) en las secciones de limpieza y cooperación.

Claro, no descubrí que ella había escrito esto hasta décadas después. Solo recordaba que podía fijarme una meta y lograrla, y que si hacía esto, me querrían. Deben saber hacia dónde se dirige este relato. Después del segundo grado casi nunca llegaba a casa con algo menos de una A.

El siguiente capítulo de mi cuento se formó en el quinto grado: había una maestra en la escuela quien todas las niñas querían. La llamare Señorita C. Tenía pelo rubio, ojos azules y era esbelta. También era atractivamente joven. Les caía bien a todas y las niñas querían ser ella. Ella, desafortunadamente, no era mi maestra. Yo estaba en la clase del Señor G. Aun así, admiraba a la Señorita C desde lejos.

Pueden imaginarse mi emoción cuando aprendí que ella llevaba a todos sus estudiantes favoritos a McDonald’s. McDonald’s era genial y la idea de que la Señorita C me llevaría a McDonald’s me causaba euforia. Tenía que llevarme – que importaba que yo no fuera su estudiante y que ni siquiera sabía como me llamaba.

Alrededor de ese tiempo, todas las clases del quinto grado iban a entrar a una sección de ciencias. Me encantaba la ciencia y veía el programa de PBS “Nova” regularmente. Una noche mientras lo veía note que Nova estaba emitiendo un programa llamado, “El Milagro de la Vida.” Era un especial acerca de cómo se hacían los bebes. Comencé a verlo y me dije a mi misma, “Esto es maravilloso. ¡Debería ser enseñado!” ¿A quién le podría decir esto? Decidí que la Señorita C sería el recipiente de mi gran descubrimiento. Así que me levante de prisa, encontré mi grabadora y comencé a grabar el programa. No teníamos una Betamax ni videocasetera que grabaran así que la grabadora era todo lo que tenía. Me aseguré de voltear el casete cuando se estaba acabando un lado y me esmere para bloquear el ruido exterior. Cuando había terminado, empaque el casete dentro de un gran sobre amarillo y me lo lleve a la escuela.

El día siguiente, vi a la Señorita C en un pasillo platicando con un grupo de alumnos adoradores y marche directamente hacia ella y puse el paquete en sus manos. “Esto se trata del milagro de la reproducción,” dije. “Y creo que lo debería utilizar en su clase para la sección de ciencia.” En serio, no es broma. Eso es lo que dije.

Ella, por supuesto, estaba completamente desconcertada y un poco horrorizada. Tomó mi paquete y se fue sin dirigirme la palabra. Ni siquiera me dio las gracias. Nunca me dirigió la palabra después ni reconoció lo que había hecho. Estaba humillada. Pasaron años donde me estremecía al recordar la que a nerd era los once años tratando de forjar una conexión.

Hay muchos otros ejemplos. Como en el sexto grado: tenía una maestra quien me dijo que no era buena para las matemáticas y no quería dejarme tomar el examen que me permitiría tomar algebra en el séptimo grado. Busqué a la maestra de séptimo y le pedí que me dejara tomarlo. Me dejo; pase el examen y me dejaron tomar algebra en el séptimo grado. El único problema surgió cuando me atraparon haciendo trampa en un examen de algebra. ¿Por qué decidí hacer trampa? Porque pensaba que yo no era buena para las matemáticas.

O mi segundo año de preparatoria: mi maestra de biología daba un discurso acerca del color de los ojos cuando comente que los míos eran aburridos por que tenía ojos cafés. Me dirigió la mirada y dijo, “Tú tienes los ojos más bellos que jamás he visto.” De verdad, si me gustan mis ojos.

O también el hecho que mi maestra de cálculo me decía que siempre llegaba a la respuesta correcta pero que mis pasos no eran igual a los de los demás alumnos. Nunca supe como descifrar ese comentario.

Desde los días cuando me sentaba en un medio circulo con niños que escuchaban cuando la maestra leía un cuento hasta esta mañana cuando me presenté en frente de esa preparatoria para contar mi historia, el camino es innegable. Casi puedo trazar los puntos en una grafica – los momentos enseñadores que de algún modo se quedaron con migo.

Gané un Popeye y me dije que era buena para la escuela. Una maestra no tomo la oportunidad para forjar una conexión con migo y me dije que era mala para forjar conexiones. Y sigue el cuento. ¿Saben que no fue hasta mi segundo año en modelaje financiero extensivo en The Carlyle Group que revise mi cuento y me dije que si era buena para las matemáticas?

Mi preocupación hoy no debió haber sido si estos estudiantes me escucharían o si tendría algún efecto, sino qué escucharían y cómo los afectará. Comentarios de maestras que parecían no ser importantes me afectaron mucho; al igual que los comentarios de otra gente o mis “maestros” mientras crecía. Adoptaba lo que escuchaba y lo hacía parte de mi historia. Ahora puedo ver que es fácil aun para los maestros olvidarse de su impacto, que difícil es para el resto de nosotros entender que también somos maestros.

Lo que decimos tiene un efecto – bueno o malo. Hasta los cuentos que nos contamos. La clave, supongo, es darse cuenta de lo que uno esta enseñando y las historias que contamos.

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